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Cómo Uber y Airbnb cambiaron las reglas

En su libro ‘The Upstarts’, Brad Stone intenta explicar lo que destacó a estas dos compañías de las demás empresas “startup” en Silicon Valley

Leslie Hook, Financial Times

Pocas compañías han capturado la imaginación del público como Uber y Airbnb. Los críticos opinan que son despiadadas, creando disrupción y abusando a sus choferes, en el caso de Uber o a las comunidades locales en el caso de Airbnb. Sus partidarios dicen que están desatando una nueva oleada de productividad y expandiendo las conexiones humanas.

Los lectores en ambos lados del debate encontrarán mucha materia de reflexión en ‘The Upstarts’ de Brad Stone, la investigación más detallada hasta el momento de los primeros años de estos prodigios de Silicon Valley. Es un recuento entretenido escrito por un periodista de Bloomberg News, cuyo último libro, un estudio sobre Jeff Bezos y Amazon, se ganó el premio del Mejor Libro de Negocios de FT/Goldman Sachs en 2013.

Stone sigue los pasos de Uber y Airbnb desde sus inicios, y también incluye recuentos cortos sobre compañías que casi se convirtieron en los próximos Airbnb y Uber pero que no pudieron lograrlo. Estas historias ayudan a destacar qué fue lo que diferenció a Uber y Airbnb de los demás. Él describe a las empresas “startup” en el sector del transporte que precedieron a Uber que ofrecían servicios similares, cuyos nombres — como Seamless Wheels y Taxi Magic — han quedado en el olvido. En algunos casos los fundadores evitaron realizar movidas que pudieran haber provocado la ira de las compañías de taxis. Otros expandieron antes de tiempo. A algunos simplemente les faltó imaginación, asumiendo que nunca cambiarían las regulaciones de los taxis.

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De hecho, Uber mismo no se imaginó cuánto iba a cambiar el ámbito regulatorio. Hoy la empresa es conocida por su desacato de las reglas. Pero originalmente la compañía se enfocó en proporcionar servicio de transporte en coches de lujo de librea y se negó a participar en el transporte compartido — en el que conductores no licenciados transportan a pasajeros en sus vehículos personales — debido a que este negocio era ilegal y arriesgado. Dos competidores de Uber, Sidecar y Lyft, lideraron el transporte compartido y convencieron a los reguladores en California a legalizar esta práctica. Esto allanó el terreno para que Uber pudiera introducir un servicio similar.

Uber y Airbnb le deben mucho a sus competidores, que los impulsaron y les dieron nuevas ideas. Airbnb expandió de repente sus servicios a Europa después de su encuentro con un servicio europeo similar. De la misma manera Hailo — la empresa “startup” de transporte londinense y un competidor de Uber— impulsó a la compañía a incluir taxis en su aplicación y a apresurarse a entrar en nuevos mercados en EEUU.

Parte de lo que destacó a Uber de sus competidores era la disposición de su director ejecutivo Travis Kalanick de batallar en contra los intereses afianzados y de realizar movidas agresivas. A pesar de que Kalanick no creó el concepto detrás de Uber (su amigo Garrett Camp tuvo la idea) y que él no fue el primer director ejecutivo (fue Ryan Graves), su energética personalidad se ha vuelto un sinónimo de la empresa conocida por su carácter disruptivo.

Stone presenta una vívida descripción de Kalanick, especialmente durante los años en que el empresario enfrentó dificultades y hasta el fracaso; en otras palabras durante su carrera antes de Uber. Los primeros conflictos entre Kalanick y la industria cinematográfica y la de la música, que demandaron a Scour, su primera empresa “startup”, hasta dejarla en la bancarrota, le dieron al empresario un apetito para confrontar a los intereses afianzados.

Stone argumenta que Uber y Airbnb también aprendieron mucho una de la otra, especialmente durante las batallas regulatorias que han dominado los titulares en los últimos años. Bajo el mando de su director ejecutivo, Brian Chesky, Airbnb — una empresa de alojamiento que facilita los viajes y viviendas compartidas — ha tenido mayor éxito posicionándose como una marca amable que Uber. Sin embargo, ‘The Upstarts’, revela que las dos compañías han sido igualmente despiadadas.

Stone concluye que durante sus años importantes de crecimiento entre 2011y 2013, ninguna de las dos compañías adoptó un comportamiento más ético que la otra. “Uber atropelló las leyes locales de transporte cuando parecía que sus competidores iban a capturar terreno estratégico. Chesky sabía que Airbnb estaba violando las estrictas regulaciones de vivienda de Nueva York y otras ciudades y a pesar de ello, siguió adelante”, escribe el autor. “Ambos directores ejecutivos aprovecharon las increíbles oportunidades que se les presentaron, pausando sólo para reparar un poco del daño que produjeron.

La extensión del daño aún no se ha revelado totalmente, ya sea en la declinación del negocio de los taxis o en las nuevas presiones impuestas sobre el alquiler de viviendas en áreas con una oferta limitada. De hecho, el único aspecto decepcionante de este libro es que el lector nunca se entera de cómo termina: sus historias claramente se están desenvolviendo. A pesar de que Airbnb y Uber están valoradas respectivamente en US$30 mil millones y US$70 mil millones por inversionistas, ambas aún no han pasado la prueba de los mercados públicos. Todavía hay mucho tiempo para que una o ambas fracasen, o para que sus modelos sean completamente restringidos por acciones regulatorias.

Aunque Stone no saca conclusiones morales, el material que nos presenta en este libro representa un retrato objetivo de Uber y Airbnb. Los lectores podrán juzgarlos por sí mismos.

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