Back to hub

This content is not available in English.

Las nuevas generaciones rechazan la revolución sexual

Los guardianes de la "Nueva Sensualidad" tienden a ser personas jóvenes y abiertamente progresistas

Janan Ganesh, Financial Times

In 2014, el comediante Russell Brand escribió un tratado político llamado Revolución que según los críticos era “basura pueril” y “una invectiva de jerga sin sentido” que estaba lleno de apelaciones a “pensadores que el autor había entendido a medias”. Poco después, el partido laborista que él había endosado enfrentó una respuesta negativa similar de parte de los votantes. Entonces el Sr. Brand pausó su carrera como comentarista.

Los artistas comparten sus pensamientos sobre el mundo por temor a no ser tomados en serio. Lástima que uno de los artistas más inteligentes escribió sobre la revolución equivocada. El Sr. Brand, conocido por sus aventuras amorosas — ha sido nombrado “Don Juan del Año” por el periódico The Sun el mismo número de veces que Lionel Messi ha ganado el Balón de Oro — hubiera sido una voz edificante sobre la revolución sexual.

a_revolucionsexual.jpg
Pintando el cuerpo de una modelo en Los Angeles, 1967 © Getty

El relajamiento de las pautas entre hombres y mujeres (y hombres y hombres, y mujeres y mujeres) fue el mayor desbarajuste que ha habido en Occidente desde las guerras mundiales. Al igual que la revolución industrial y la revolución científica, develó la real naturaleza de la política: que rara vez es la fuente de los profundos cambios y casi siempre la respuesta ante ellos.

Lo sabemos, porque el poeta Philip Larkin estimó que la revolución sexual comenzó en 1963. No sabemos cuándo alcanzará su cénit. Pero conforme observamos el mundo actual, podríamos pensar que ese momento ya pasó, y que otro poeta tal vez determinará que el clímax de la sociedad permisiva se alcanzó a principios del milenio, cuando los padres eran de la generación del “baby boom” y los jóvenes aún no habían adoptado las estrictas políticas de genero tan prevalentes en los campus universitarios.

Las estadísticas muestran que hay una gran minoría de jóvenes castos. Las leyes con respecto a la pornografía en el Reino Unido son mucho más estrictas. También se siente — aunque no se ha cuantificado — una atmósfera más tensa con respecto al sexo comparado, según lo que yo recuerdo, con la década “decadente” de 1990, o incluso 2000: hay que lidiar con más sensibilidades, y existe una mayor presión para usar los términos correctos.

Es totalmente normal que una sociedad desee controlar una revolución después de vivirla por tanto tiempo. Y cualquiera que desee tener una vida de lujuria puede hacerlo, dependiendo de su propio atractivo. La historia real radica en descubrir de dónde proviene la presión hacia la moderación. Uno pensaría que lógicamente provendría de la iglesia y de los políticos conservadores. En vez, la derecha en Occidente se ha mostrado indiferente al sexo; en algunas ocasiones esta actitud ha sido loable y en otras ha sido causa de vergüenza. Donald Trump no fue elegido por su propiedad y formalidad hacia las mujeres.

No, los guardianes de la Nueva Sensualidad tienden a ser personas jóvenes y abiertamente progresistas, individuos que tal vez serían dueños del libro de Brand, cuyos homólogos de mediados del siglo XX lucharon por el amor libre. Y ahora con dos generaciones de evidencia en sus manos, han reconocido la inequidad de los frutos de la revolución.

En la cultura vemos señales de este rechazo. La novela “Los amores fugaces de Nathaniel P.” de Adelle Waldman describe las aventuras sexuales de un hombre soltero en una gran ciudad. Superado en números por mujeres de su edad y clase social y ensordecido al sonido del reloj reproductivo que las atormenta, sus noches son una vergonzosa sobreabundancia de riquezas románticas. La novela no lo critica demasiado, ya que presenta una versión matizada de la situación con la que se pueden identificar los verdaderos Nathaniels. Sin embargo, contrasta los ideales liberales con las realidades darwinianas de las relaciones románticas.

Como siempre cuando se trata de temas difíciles, Michel Houellebecq abordó este tema primero. Si la carrera del autor francés se puede resumir en un concepto, fue su replanteamiento de la revolución sexual como un movimiento capitalista. Hasta ese momento, la mayoría de las personas tenían vidas personales similares. Se casaban a una edad temprana y trataban de divertirse fuera del matrimonio si tenían la oportunidad. El conservadurismo cultural era un gran nivelador. Después de la década de 1960, surgieron las desigualdades. Las personas atractivas y confiadas podían tener aventuras sexuales casi a su antojo. El nivel amoroso de las personas tímidas y menos atractivas no mejoró, de hecho probablemente empeoró, debido a su reacción a todo el placer inalcanzable que veían a su alrededor. Una revolución que emanó de la izquierda acabó creando un mercado de humanos, uno que no ofrecía una sociedad de bienestar o redistribución.

Este factor de suma-cero fue capturado en 1966 en la película ‘Alfie’, en la cual un mujeriego interpretado por Michael Caine tenía aventuras amorosas con las esposas de hombres, quienes una generación antes, hubieran sido sus compañeros en el aburrimiento matrimonial. En 1966, un sacerdote hubiera acusado a Alfie de ser un pagano. Actualmente, un estudiante lo acusaría de ser un macho anticuado. La fuente de la censura, y las razones por ella, han cambiado.

Más adelante en el poema de Larkin, él describe a la libertad sexual como “un juego en el que nadie puede perder”. Una generación de progresistas creen que es un juego donde hay mucho que perder. No necesitas estar de acuerdo con ellos (prefiero a Alfie que a estos aguafiestas) para saber que su poder cultural se está manifestando cada vez más. Están parados a un lado de la revolución gritando, “¡Basta!” o al menos “No más privilegios”.

(c) 2017 The Financial Times Ltd. All rights reserved