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Agosto: el mes de la ansiedad clasista

La pugna entre las élites no siempre pareció un tema tan despreciable. Desde el siglo XIX hasta la mitad del XX, grandes novelas trataron este tema

Robert Armstrong, Financial Times - 24 de agosto de 2017

Durante el año laboral normalmente siento la satisfacción de la mediana edad. Mi trabajo es divertido. Amo a mi familia. Tengo suficiente de todo, y le deseo lo mejor al prójimo.

Entonces, me voy a la playa.

La familia de mi esposa ha pasado sus vacaciones en Shelter Island, en el extremo oriental de Long Island, durante décadas. Es un lugar fresco con olor a mar, un lugar más tranquilo que Los Hamptons, al sur. Hay decenas de niños con quienes mis gemelos pueden jugar mientras yo nado, leo, bebo y como.

También hay, como uno podría esperar en una isla turística, muchísimas casas de verano y muchísimos barcos. No tengo ninguno de los dos, pero la vida en la isla — que si no fuera por esto sería perfecta para mí — me deja demasiado tiempo para pensar si debo tener ambas cosas, cuáles me gustaría tener si pudiera, y cuánto me costaría tenerlas.

Mi casa de alquiler, compartida con la familia de mi cuñado, parece una explosión en una fábrica de toallas de playa. ¿No sería mi vida más organizada si me hubiera quedado en finanzas y tuviera mi propia casa? ¿Por qué no aprendí a navegar? ¿Por qué la ensalada de papas es tan cara en la charcutería? ¿Soy demasiado pobre para Shelter Island?

Este tipo de ansiedad se podría resolver fácilmente. Para empezar, podría pasar mis vacaciones en otro lugar que no fuera el elegante East End. Pero no es sólo que la ensalada de papas sea cara o que los barcos sean grandes. Me encuentro pensando que estas cosas son vulgares, lo que evidencia que las cosas de cierta manera han salido mal a nivel social.

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Esto es estúpido. La gente rica existe y creo en el sistema que los volvió ricos. Si a algún comerciante de bonos le gusta la misma isla que a mí y quiere conducir un Maserati donde el límite de velocidad es de 40 millas por hora, que Dios lo bendiga. Pero la persona educada con todas las ventajas — excepto la económica — que llevo dentro de mí se siente incómoda. Y no tienes que ir a muchos picnics en la playa para escuchar opiniones similares: "Shelter se está transformando en Los Hamptons". “La isla es más ostentosa de lo que era, más ruidosa, menos educada”. “Ya no vienen nuestro tipo de personas”.

El verano ha revelado que soy un esnob clasista.

Sólo los tontos negarían la realidad o la rigidez del sistema de clases estadounidense. Las elecciones de 2016 alertaron incluso a los miembros más distraídos de las clases profesionales sobre el hecho de que las clases trabajadoras viven en lo que equivale a una nación cultural y económicamente independiente. Éste es un problema muy grave. Las fricciones entre las distintas élites, que viven en el lado afortunado de la brecha estadounidense, no son graves. Son más bien vanas y viles. ¿A alguien le preocupa quién encaja en Los Hamptons? El mundo tiene problemas mucho mayores de qué preocuparse.

Es importante recordar que la pugna entre las élites no siempre pareció un tema tan despreciable. Desde el siglo XIX hasta la mitad del XX, grandes novelas trataron este tema. Éste fue el tema cotidiano para Edith Wharton y Henry James, y unas décadas más tarde, para Louis Auchincloss, el gran cronista de la clase alta de Nueva York. La manera en que las clases terratenientes inglesas se ajustaron al ascenso de los industrialistas; la estrecha relación de los magnates estadounidenses con la aristocracia europea; la disolución de las élites protestantes estadounidenses. Estos temas sustentaron obras de arte serias.

El mejor libro de Auchincloss, El Rector de Justin (1964), se refiere al director de una escuela preparatoria de élite de Nueva Inglaterra. En vísperas de su jubilación, se ve obligado a enfrentar el hecho de que su austera y piadosa escuela se ha convertido, quizás ya desde hace mucho tiempo, en poco más que una escuela para corredores de bolsa y abogados de Wall Street. La novela nunca analiza más allá de la perspectiva de las élites que la conforman. De hecho, le preocupa la manera en que esas élites pretenden honrar y preservar esa condición. Pero ésta es una tragedia emocionante, no sólo una novela de costumbres. El rector es una especie de Rey Lear de clase alta.

Actualmente no podría escribirse un libro similar. La maquinaria de la ambición y el privilegio sigue avanzando, por supuesto, desde el East End hasta Silicon Valley. Alguien siempre quiere entrar al club de golf club adecuado, o desea evitar que entre alguien; banqueros y artistas negocian intercambios de capital monetario por capital cultural; los profesionales gastan dinero y energía para que sus hijos puedan atender las escuelas apropiadas.

Pero lo que dio a las obras de James, Wharton y Auchincloss su poder era que sus tribus de clases defendían conjuntos de valores más o menos robustos: la religión, la administración, la tradición familiar, una cierta estética. Algo. Por supuesto las historias eran a menudo acerca de cómo esos valores resultaban ser menos de lo que parecían, o los personajes menos dignos de ellos. Pero los valores en sí no eran ridículos. Actualmente, no hay ningún conjunto de aspiraciones culturales de élite que resulte análogo. La inteligencia, la riqueza, la influencia, la creatividad: ésos no son valores. Son sólo herramientas.

Así que las historias sobre cómo las clases altas cambian sus posiciones en los primeros peldaños de la escalera estadounidense, mientras el resto del país está atascado en la parte inferior, no puede ser la sustancia de la tragedia, ni siquiera de una profunda ironía. Al igual que las ansiedades de un periodista esnob acostado en la playa, mientras sus resentimientos aumentan junto con su bronceado, sólo pueden escribirse como una farsa.

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