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Cómo una fiesta extravagante, aterradora y escandalosa fortalece el sentido de comunidad en España

La fuerza unificadora del ritual y de la tradición trasciende edades y clases

By Tobias Buck, Financial Times

La fiesta de un pueblo castellano es un asunto extrañamente cautivador: una irrupción sobre los sentidos (y el hígado) de una semana de duración, impulsada por enormes cantidades de alcohol y panceta de cerdo frita y acompañada, día y noche, por el ensordecedor ruido de la banda ambulante local. Al igual que muchas tradiciones españolas, esta celebración mezcla lo sagrado con lo profano, lo sangriento con lo hermoso.

La explosión de contrastes estuvo en plena manifestación el pasado fin de semana en Alba de Tormes, una villa a las afueras de la antigua ciudad universitaria de Salamanca. Alba de Tormes está rodeada de ocres campos de trigo y de maíz, y de una población itinerante de preciados cerdos ibéricos. Pero la principal razón de su fama es, sin embargo, que alberga algunas de las reliquias más veneradas de toda España: el corazón, el cuerpo y el brazo incorrupto de Santa Teresa de Ávila. La fiesta local se lleva a cabo cada mes de octubre, cerca del aniversario de su muerte en 1582.

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Alba de Tormes

El punto culminante de la fiesta religiosa de una semana es una procesión a la que asiste gran parte de la población local, así como un conjunto de sacerdotes ataviados en blanco. Yo llegué a tiempo para ver a una elaborada construcción dorada emerger del convento, sostenida en alto por una docena de portadores. Dentro de un delgado tubo de vidrio delgado se encontraba el diminuto brazo izquierdo de Santa Teresa.

La banda ambulante comenzó a tocar el himno nacional antes de que la multitud comenzara a seguir la procesión, gritando ¡Viva el santo brazo! y ¡Viva Santa Teresa! Partes y porciones de la santa se encuentran dispersos por toda Europa, pero los locales insisten en que los artículos más sagrados están allí. Una excepción notable es el brazo derecho de Sta. Teresa, el cual el dictador Franco mantuvo junto a su cama y ahora se mantiene en la ciudad andaluza de Ronda, 600 kilómetros al sur.

La procesión era una ocasión solemne, pero eso no duró mucho. Unas pocas horas después de la caída de la noche, había llegado la hora del entretenimiento para los niños: el toro de fuego. Lo que sucede es lo siguiente: un hombre con un traje ignífugo se pone un molde de metal en forma de toro, cargado de fuegos artificiales, sobre su cabeza. Las luces de la plaza se apagan, la mecha se enciende y el toro de fuego comienza a correr a través de la despavorida multitud mientras que los niños y los adultos se agachan y huyen de la lluvia de chispas.

Parecía extremadamente peligroso organizar algo así (una palmera se prendió brevemente en fuego). ¿Peligroso? Tienes que volver a las 2:30 de la mañana, me dijeron, cuando sueltan la versión adulta del toro de fuego. Ésta venía acompañada con fuegos artificiales verdaderamente potentes y despidiendo petardos que giraban rápidamente conocidos como buscapiés. Roberto, un mecánico local, observó con preocupación mi suéter de lana inflamable. "Realmente debieras llevar una chaqueta de mezclilla para el toro de la noche", me advirtió. Yo decidí perderme el espectáculo.

Da la casualidad que existen montones de maneras de salir herido durante la fiesta. Ninguna es más espeluznante que el encierro, la corrida de los toros. En Alba de Tormes, los toros se sueltan ante somnolientos jóvenes el domingo por la mañana, justo antes de la misa. Mientras esperan la estampida, buscan consuelo en la mejor cura española para recuperarse de una borrachera: chocolate caliente con dulces y grasientos churros.

Fue otro largo día: mi folleto de 28 páginas con los eventos de la fiesta anunciaba al mediodía el entrenamiento de niños para aprender a torear, seguido de un desfile de títeres gigantes, una interpretación folclórica, un torneo de ajedrez, más corridas de toros, una misa vespertina, otro concierto y otro toro de fuego mucho después de la medianoche. Mientras tanto, en la plaza del pueblo, un cocinero estaba preparando una hoya de pulpo cocido. En las terrazas, el suministro de panceta de cerdo crujiente y de cerveza fría parecía nunca terminar.

No por primera vez en España, me pregunté cuál sería la conclusión de un antropólogo serio acerca de todo esto. Él sin duda reconocería la fuerza unificadora de la tradición y el ritual, el sentido de comunidad que trasciende tanto las edades como las clases sociales; el uso de objetos sagrados; las extensas oportunidades para que los jóvenes demuestren su valor. Tal vez el antropólogo se maravillaría de la naturaleza inmutable de las festividades que, según insisten los locales, han permanecido siendo más o menos las mismas desde hace tres décadas.

¿Existe también una lección política en esta fiesta? Una explicación del aumento de un sentimiento en contra de las clases dirigentes que se ha apoderado de partes de Europa y de EEUU es que los votantes extrañan el sentido de identidad comunal que la globalización y la migración han erosionado. No estoy seguro de que sea correcto, pero estoy seguro de una cosa: no hay nada como participar en una escandalosa fiesta repleta de comida y bebida en un pueblo, sin dormir, para inspirar ese sentido de comunidad.

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