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El acuerdo de paz de Colombia, a votación

El país se prepara para el referéndum sobre el acuerdo de paz con los guerrilleros de izquierda para poner fin a cinco décadas de conflicto

Andres Schipani y John Paul Rathbone, Financial Times

Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia, se vistió de blanco como símbolo de la paz al igual que Rodrigo Londoño, el comandante del mayor movimiento rebelde de América Latina. A ellos se unieron John Kerry, el secretario de Estado estadounidense y varios presidentes, desde Raúl Castro de Cuba hasta Mauricio Macri de Argentina, que viajaron a Cartagena para presenciar el fin del conflicto de mayor duración en el hemisferio occidental.

Después de 52 años durante los cuales este conflicto ha causado más de 250,000 muertes y ha desplazado a cerca de 7 millones de personas, el lunes, con sólo dos firmas y un sonoro aplauso de los 2,000 invitados, quienes también vestían de blanco, el gobierno colombiano y los guerrilleros marxistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) acordaron vivir en paz, al menos sobre el papel.

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Ciudadanos reunidos en la plaza de Bolivar para celebrar el acuerdo de paz. con las FARC. 26 de septiembre de 2016. © AFP

Varios presidentes han intentado poner fin al conflicto en Colombia, el país de habla hispana más poblado del mundo después de México, que cuenta con una población de 47 millones y una economía del tamaño de la de Sudáfrica. El hecho de que este intento haya llegado tan lejos es increíble. Sin embargo, sigue resonando la pregunta: ¿A qué precio?

El último esfuerzo falló en 2002, después de un inicio poco prometedor en 1999, cuando el fundador de las FARC, Manuel Marulanda, no se presentó a las negociaciones iniciales. La imagen de “la silla vacía” se instaló en la memoria popular como un símbolo de la duplicidad y del espíritu vengativo de las FARC.

También provocó las operaciones controversiales de contrainsurgencia, respaldadas por EEUU y encabezadas por el Presidente Álvaro Uribe, llamadas Plan Colombia. Atacaron a las tropas de las FARC — denominados narcoterroristas según la retórica utilizada en esos momentos en Washington en su guerra contra las drogas — pero nunca pudieron derrotarlas. Esa ofensiva finalmente ha culminado en esta iniciativa de paz encabezada por el Sr. Santos, después de cuatro años de cuidadosas negociaciones en Cuba.

“En términos históricos, esto es comparable a la caída del Muro de Berlín”, aseveró con entusiasmo Felipe González, el ex primer ministro de España, quien durante su gobierno luchó contra el terrorismo vasco.

“Éste es un momento de transformación para el hemisferio”, añadió Bernard Aronson, el enviado especial estadounidense para Colombia. “Es la repudiación de la violencia política como un medio para cambiar los gobiernos”.

Este tipo de comentarios ejemplifican un rayo de esperanza en un mundo asediado por el terrorismo. Y quizás por primera vez la hipérbole se pueda justificar.

El fin del conflicto civil de Colombia promete drenar el agua del atolladero latinoamericano que durante más de medio siglo ha promovido el terrorismo y el tráfico de drogas a nivel internacional, y que también ha sido implicado en otros levantamientos e insurgencias desde el conflicto en Irlanda del Norte hasta la revolución social de Venezuela. La paz también representaría una rara victoria de política exterior para la administración de Barack Obama.

Si el proceso sigue su curso, la iniciativa de paz del Sr. Santos será celebrada con una visita de estado al Reino Unido en noviembre. Londres le ha proporcionado inteligencia militar y apoyo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Bogotá desde mediados de la década de 1980 después del descubrimiento de vínculos entre las FARC y el IRA en Irlanda del Norte.

Sin embargo, el éxito no está garantizado. Hay que tener en cuentas las dificultades de implementar la paz en un país que es el mayor exportador de cocaína en el mundo con el tamaño de dos Españas extendido a través de un terreno que a menudo es impenetrable.

El año pasado, Colombia produjo 646 toneladas de la droga, según estimados de la ONU. Ya que el valor de venta es de más de US$30 mil millones — una parte significativa de la producción anual de US$300 mil millones del país — hay muchas razones por las cuales puede continuar la violencia.

Aunque muchos líderes mundiales, desde el Papa Francisco hasta Ban Ki-moon, el Secretario General de la ONU, han apoyado el acuerdo, la mayoría de colombianos deben aprobarlo primero en un referéndum este domingo que ha provocado una contienda virulenta entre las campañas Sí y No.

Todos los acuerdos de paz tienen un elemento de compromiso. El éxito o fracaso del acuerdo de Colombia será un reflejo de los sentimientos personales de millones de personas que han vivido y sufrido durante el conflicto.

Recientemente en Santa Marta, un puerto caribeño en el país, una camioneta de la campaña No recibió algunos aplausos. Llevaba un cartel gigante que mostraba al Sr. Londoño, mejor conocido como Timochenko, con un AK-47, y el eslogan: “Vota Sí si quieres a Timochenko como Presidente”.

“Si perdemos el plebiscito será un desastre nacional”, declara Humberto de la Calle, quien encabezó el equipo del gobierno durante las negociaciones de paz en La Habana. No es así, dice la campaña No, encabezada por el Sr. Uribe, quien se ha convertido en el archienemigo del Presidente Santos. El Sr. Uribe ha dicho que quiere renegociar el acuerdo. El gobierno dice que eso es imposible.

“Este acuerdo es un fin negociado de la guerra, no una rendición”, dice el Sr. Santos, quien ha descrito el proceso de paz como “sapos grandes que uno se tiene que tragar”. Él añade: “Pero nunca íbamos a ganar la guerra debido a la geografía de Colombia y al tráfico de drogas. Éste es el mejor acuerdo que pudimos negociar”.

Las encuestas muestran resultados contradictorios. La última encuesta de Ipsos muestra que 72 por ciento de los colombianos apoyan el acuerdo. Pero como advirtió un funcionario: “No podemos relajarnos”.

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